El Sermón del Monte PXII – Una vida de reposo y de serenidad

Por eso les digo: No se preocupen por su vida, qué comerán o beberán; ni por su cuerpo, cómo se vestirán. ¿No tiene la vida más valor que la comida, y el cuerpo más que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran ni cosechan ni almacenan en graneros; sin embargo, el Padre celestial las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que ellas?¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? ¿Y por qué se preocupan por la ropa? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan; sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón, con todo su esplendor, se vestía como uno de ellos. Si así viste Dios a la hierba que hoy está en el campo y mañana es arrojada al horno, ¿no hará mucho más por ustedes, gente de poca fe? Así que no se preocupen diciendo: “¿Qué comeremos?” o “¿Qué beberemos?” o “¿Con qué nos vestiremos?” Porque los *paganos andan tras todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan. Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas. Por lo tanto, no se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas. Mateo 6.25-34.

Predicador: César Villanueva.

Detente un minuto, serénate, respira profundo, escucha con calma este mensaje que busca ayudarnos a bajarnos de este tren de afán en el que se ha convertido la vida moderna.

Las primeras palabras de Jesús en este sermón nos llaman la atención al discurso previo, un discurso en el que se han hecho dos énfasis y que hemos visto en los mensajes anteriores de esta serie. Nos habla de: 1) el Padre; y 2) la realidad de que nuestra vida se divide en dos realidades, la realidad pública y la realidad privada, oculta. Desde esos dos énfasis se nos invita a despojarnos del afán por la vida misma y sus cosas para vivir centrados en Dios a través de tres principios:

  1. La vida y el cuerpo son dones de Dios.
  2. Para que las circunstancias no nos dominen debemos aumentar nuestra fe y llevarla a cada aspecto de la vida.
  3. Nuestro único afán debe ser buscar el Reino de Dios.

El Sermón del Monte PXI – Dios y las riquezas

No acumulen para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar. Más bien, acumulen para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. El ojo es la lámpara del cuerpo. Por tanto, si tu visión es clara, todo tu ser disfrutará de la luz. Pero si tu visión está nublada, todo tu ser estará en oscuridad. Si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué densa será esa oscuridad! 
Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas. Mateo 6.19-24 (NVI).

Predicador: Theo Donner.

Jesús en este pasaje presenta a un dios que aún gobierna en muchos corazones: el dios de las riquezas. Un dios que se opone al señorío del Padre en nuestra vida, tanto que como él mismo expresó en aquel monte: no podemos servirle a ambos a la vez.

En las tres secciones en que se divide este mensaje, se nos habla de:

 

  • La imposibilidad de perseguir la piedad y las riquezas.
  • Las dos formas en que podemos ver las riquezas y lo que podemos hacer con ellas.
  • La forma de profanar a este dios de las riquezas y servir al Dios verdadero.
  • La forma correcta de hacer tesoros en el cielo.

Este mensaje es un claro llamado a confiar en el único Dios verdadero, el único que da seguridad, el único que da confianza.

 

Escenas del día de resurrección

Predicador: Carlos Mendivelso

Este domingo conmemoramos la resurrección de Jesucristo, por eso hicimos un alto en la serie del sermón del monte para meditar en ese acto tan sublime con el cuál nuestro Señor cumplió el pacto y la promesa, además de pagar la deuda que nosotros no podemos pagar.

desesperadas y abatidasante el sepulcro, a los discípulos encerrados y temerosos, a uno que no cree en medio de su decepción y a otros que vuelven a las redes desencantados. Pero todos ellos se encontraron con el resucitado y recibieron el consuelo y la palabra necesaria para ser restaurados y animados. Quiera Dios que nosotros también, al pensar en la resurrección, nos encontremos con el Cristo resucitado y recibamos su consuelo

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El Sermón del Monte PIX – El discípulo y las apariencias

Cuídense de no hacer sus obras de justicia delante de la gente para llamar la atención. Si actúan así, su Padre que está en el cielo no les dará ninguna recompensa. Por eso, cuando des a los necesitados, no lo anuncies al son de trompeta, como lo hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente les rinda homenaje. Les aseguro que ellos ya han recibido toda su recompensa. Más bien, cuando des a los necesitados, que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha, para que tu limosna sea en secreto. Así tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará. (Mat 6:1-4)

 Predicador: Mauricio Borrero.

Cerramos el capítulo cinco; ahora, en el sexto capítulo, pasamos a un nuevo enfoque de este sermón tan profundo. Pasamos de los oísteis y habéis escuchado a las aplicaciones prácticas y advertencias para vivir según las palabras dichas por Jesús. En este caso se nos empieza a hablar de un tema muy importante y concerniente a nosotros como discípulos: nuestra lucha con las apariencias, y en espacial con la tendencia a aparentar las buenas acciones.

Este mensaje nos lleva a reconocer tres cosas que debemos llevar ante Dios al momento de hacer buenas obras como discípulos de Cristo:

  1. Reconocer el llamado que todos tenemos como discípulos a dar, a hacer cosas buenas, a bendecir a otros y en especial a los que no nos pueden retribuir esas acciones.
  2. Reconocer nuestra inclinación natural a aparentar, a hacer cosas para resaltar y para jactarnos y ser vistos por los otros. Tenemos una tendencia a dejarnos esclavizar por el “que dirán”.
  3. Reconocer que Jesús en la cruz nos liberó para bendecir y actuar con libertad, libres del yugo de las apariencias y del “qué dirán”.