El Sermón del Monte PIII – ¡Ya eres sal y luz!

“Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve insípida, ¿cómo recobrará su sabor? Ya no sirve para nada, sino para que la gente la deseche y la pisotee. Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo.”
(Mat 5:13-16)

Predicador: Carlos Mendivelso

Continuamos con la serie del sermón del monte, y nuevamente se nos recuerda lo que ya somos en el Reino a través de dos ilustraciones: la sal y la luz.

A través de estas dos comparaciones, El Señor nos habla de dos de las características que deben definir a todo discípulo: nuestra identidad y nuestro propósito.

Identidad: Cuando se nos compara con la sal y la luz, no se nos dice lo que debemos ser, sino que se nos dice lo que ya somos: Ustedes son la sal… son la luz… No partimos en nuestra vida cristiana para ser algo, ¡Ya los somos! En el Reino tenemos una identidad.

Propósito: La sal tiene una función importante: evita la corrupción, preserva. Y de igual forma, la luz aleja la oscuridad, disipa las tinieblas. Ya sea como un agente preservativo, o como luz, estamos llamados a ser visibles, activos, no nos podemos esconder, ni individualmente ni como cuerpo.

Por último, tenemos que entender que para ser sal y luz tenemos que acercarnos a la fuente que nos da ese sabor, a la fuente que hace que reflejemos la luz: a Dios mismo.

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