El Sermón del Monte PVII – Los juramentos

También han oído que se dijo a sus antepasados: “No faltes a tu juramento, sino cumple con tus promesas al Señor.” Pero yo les digo: No juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer que ni uno solo de tus cabellos se vuelva blanco o negro. Cuando ustedes digan “sí”, que sea realmente sí; y cuando digan “no”, que sea no. Cualquier cosa de más, proviene del maligno. (Mat 5:33-37).

Predicador: Carlos Mendivelso.

Decir la verdad puede meternos en problemas, pero decir mentiras es aún peor. Con esta frase comienza su exposición Carlos Mendivelso sobre este tema tan delicado y lleno de controversias. Este pasaje forma parte de esa serie de correcciones que Jesús hace a las tradiciones judías que los maestros de la ley habían puesto como pretextos para justificarse a si mimos.

Desde la antigüedad necesitamos hacer juramentos para confirmar nuestra palabra, necesitamos esta confirmación porque no somo fiables. Por naturaleza somos mentirosos, o en el mejor de los casos tenemos tendencia a distorsionar la verdad, tenemos un corazón engañoso, tal como lo atestiguan las Escrituras. Cuando Jesús dice estas palabras es para llevarnos a:

  1. Enfrentarnos con la realidad de la falta de integridad de los fariseos y de nosotros mismos, que llevan a crear tradiciones que tergiversan el mandamiento, y que justifican y excusan la falta de integridad.
  2. Confrontarnos con nuestra necesidad de ser íntegros, de decir la verdad y mantenernos en ella.
  3. Hacernos ver que la mentira destruye, corrompe y daña las relaciones.

Este mensaje de Jesús tiene por objetivo también:

  • Corregir la mentira de nuestra vida, hacernos ver que no necesitamos testigos o juramentos para confirmar nuestra palabra porque ya tenemos a Dios de testigo.
  • Recordarnos que debemos ser veraces, tener una palabra firme. Nuestra posición debería ser de si y de no, tal como nos lo recordó Jesús.

La reflexión final es un llamado a identificarnos con la verdad, con el único que nos puede hacer veraces, él único que nos puede guiar por el camino de la integridad: Jesucristo.

 

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